jueves, 13 de mayo de 2010

El salmón

Siento meterme donde no debo, donde las personas o yo (todavía no lo averigüe) corren contra la corriente. Acá, el que piensa pierde. Quien decide ayudar se mete en problemas en vez de encontrar soluciones para los demás. Ya no hay seguridad sobre las decisiones, es momento de perderse entre las convicciones aplastantes y rígidas como el plomo.

El humo me envuelve, me convence de que ese encubrimiento podrido se basa de aire de aire puro y natural. Y hasta en un punto termino creyéndolo.

La real idea de cambiar el mundo, como lo pensaba hasta hace unos meses atrás, se me resbala de las manos. Antes podía sentarme durante horas a discutir sobre la existencia de seres humanos, jóvenes, con ganas de cambiar el mundo. De hecho la ilusión de juntar un ejército de voluntarios no podía desprenderse de mi cuerpo, de mi alma y mi cerebro. Poseía ideas claras e irrefutables, convincentes, sobre la ilusión de poder fundar un sistema mejor. Pero ya no.

Hoy si viniera Juan Carlos, compañero de militancia un tanto mayor, a decirme que el mundo no se puede cambiar por más ganas que le pongas, debería agachar mi cabeza para contestarle: “tenes razón Pipi”. El antiguo dicho, en este caso, tiene la verdad: El diablo sabe más por viejo que por diablo.

Poseo tantas razones que abandonan mi razón, que no comprendo para qué lado se dirige la buena gente. No hay ganas de escribir a raíz de la desazón. Yo quería cambiar el mundo, al menos algo.

Quizás sea la hora de convertirme en un pez “normal”, haciendo y diciendo cosas un poco más lógicas. Nadando para el lado que nadan todos, sin chistar, ni preguntar y ni se me ocurriría pensar.

viernes, 19 de marzo de 2010

La"Pajerosidad" del hombre


La tocadita de culo arriba de la bici no garpa. Una se encuentra totalmente indefensa, y más si el de las manos locas es un motoquero. Agarrarlo es prácticamente imposible, aunque en ese instante, mezclado entre bronca e impotencia, una piensa que con la bici puede lograrlo porque las ganas de patearle la cabeza, tirarlo de la moto y romperle la nariz son bastantes.

Después del mal momento, una sigue pedaleando con el enojo a cuestas, mientras el “pajero”, seguro, anda por la calle cagado de risa ya que logró apretarle el culo, como si fuese a exprimir una naranja, a la pobre chica de la bici, o sea yo. Y lo peor del caso es: el comentario del poder y la viveza con que lo narrará frente a sus amigos, que por supuesto sonreirán y lo felicitarán por su gran demostración de hombría y "pajerosidad" .

Y sin embargo yo, me sigo preguntando por qué los hombres son tan pajeros y cara duras. Ya dan asco. Nadie les niega mirar a las mujeres o decirles un piropo –apropiado-, o un chiflido – menos el del bicho feo -. No vamos a negar que un "piropin"a la mañana nos puede dejae contenta por el resto del día, siempre y cuando no estemos camino al periodo femenino (en esa etapa del ciclo lo más probable es que larguemos un manojo de puteadas); pero tocarle el culo a una mina/piba/pendeja/señora/joven/jovenzuela arriba de la bicicleta para después salir corriendo es muchoo muchachos.

miércoles, 17 de marzo de 2010

Autoayuda

Pocas veces ayudo a mi suerte. De hecho lo única vez que la socorrí me salió mal, realmente pésimo. En la última ocasión que utilicé el saco rojo, introduje diez pesos en el bolsillo de la misma y antes de sacarlo para guardarlos en la bilítera o bien gastarlos en cualquier pelotudez dije: “voy a dejarlos ahí para cuando la use nuevamente me encuentre una sorpresa”.

Pero la auto-suerte me salió tan mal que cuando volví a ponerme el saco, y tres segundos después recordé –ante mi memoria tan austera- que la plata la deje ahí apropósito.

Una tarada, la idea era no recordarlo y a posterior quedarme contenta, reflexionando sobre la aparición –como acto de magia- repentina del billete. Pero no, nada de eso sucedió. Definitivamente, la auto-suerte no suele posarse sobre mi realidad.

martes, 9 de marzo de 2010

Cuatro ruedas vs dos


Uno reflexiona sobre el mundo cuando recorre parte del país en bicicleta. Sentimos mejor las distancias del universo entero, dividido en millones de partes disparejas, antagónicas e inútiles.
Debe ser que en un automóvil perdemos el sentido de observación total. Eternamente con las manos sobre el volante, los pies en el acelerador o en los frenos, la mirada fija puesta en el frente del cualquier camino, sea ruta, calle o avenida. De esa forma desaprovechamos la posibilidad de echar un vistazo a nuestro alrededor, hacia los costados, hacia atrás o para abajo. Claro, porque si miramos para abajo los más probable es que choquemos y nos estrellemos con la realidad que pocos atrevidos se animan a mirar con detenimiento, sentimiento y sin pretextos.
En bici, todo es diferente, se palpa el aire bueno de las mañanas, se huelen los dolores de la gente; por ahí se escuchan los nervios de las personas, se observan con mejor predisposición los problemas y, por sobre todas las cosas, se analizan las posibles soluciones de un mundo casi perdido, según las opiniones de los automovilistas. Es más, los que andan sobre dos ruedas poseen ideas geniales que si algún gobernante los escuchara, probablemente, los sacaría cagando ante la ilusión de querer prosperar. Pero como ellos andan sobre cuatro ruedas, bien tuneadas, es posible que no los hayan escuchado ¿por qué? Supongo que debe ser por la inferioridad de ruedas que posee el de la bici y porque sus ideas son brillantes y posibles. Si, posibles.

Y cuando algo es viable se produce el choque del automovilista que hace mierda las ilusiones del los ciclistas dejándolos tirados sobre el cemento lleno de aceite y nafta caídos de los autos. Por eso dicen que no se puede andar en dos ruedas por Buenos Aires, porque nadie auxilia a las personas provistas de ideas geniales, de ilusiones –como dije antes- y capaces de construir un mundo genial, siempre subidos en una bicicleta.

miércoles, 3 de marzo de 2010

La mujer es asiiii de linda


Y todo funcionaba bien. Le gustaba de cuerpo entero, las manos esbeltas, las piernas -especialmente-, los ojos de miel y cambiantes como el tiempo, también el pelo claro y enrulado, y hasta los dedos del pie le parecían lindos, graciosos. Así estaba de enamorado el chico. Por las noches y hasta el amanecer, se abrazaban, enroscados entre las sabanas. Aunque afuera este un poco caluroso y humedo, ya poco les importaba el pegote con tal de estar juntos. Las palabras eran pocas, sueltas y justas, tan justas que se descubrieron entre un comentario muy desacertado por parte del joven. ¿Amor te pusiste medias con este calor? a lo que la chica, con un tono chistozo, respondió: no mi amor, mis pies son ásperos como las medias compradas de la calle -esas de 25 por 10 pesos- una vez recién lavadas. Te prometo que cuando cobre voy al podologo.

Al chico podríamos juzgarlo por boludo, aunque en verdad fue sincero respecto a la textura de los pies de la mujer. Refiriéndose a la chica áspera, muy áspera, le diríamos que no es obligatorio ir al podologo para que salten los pedazos de piel seca, muerta y amarilla, por toda la sala del señor arregla pies. No es necesario. La mujer es linda por naturaleza, con los pies descalzos -pero si pelos-, con la cara recién lavada y sin 20 kilos de pintura, sin corpiños que aumenten y modifiquen la estructura de los pechos, sin "medibachas" que disumulen las arañitas, varices y, porsupuesto, las celulitis.

No jodamos más, la mujer es linda sin tanto artefacto puesto encima.


viernes, 19 de febrero de 2010

Todos cuchareamos


Yo cuchareo
Tu cuchareas
El cucharea
Nosotros cuchareamos
Vosotros cuchareais
Ellos cucharean

En un día de lluvia como la de hoy, todos quieren cucharear, aunque no tengan con quien hacerlo. En el caso de que no hallen una mujer o un hombre -o las dos cosas- para inclinarse cuerpo con cuerpo: tengan cuidado con lo que agarran.

Este fue un mensaje del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires para evitar tristes momentos.

Aclaración: si cogen elementos peligrosos para cucharear ( por dios que buena palabra) intenten no pensar en Macri. Evitemos malos momentos.
Ante cualquier duda llame al 147.

domingo, 31 de enero de 2010

La peña invertida

Llegue a Cosquín con ganas de disfrutar de la “gauchada”, del folcklore, el vino y las empanadas, pero sufrí de gastritis (por primera en mi vida) y tuve que aprender a saborear el arroz integral con aceite y queso, los fideos con aceite y queso, los -así lo escribía el grande de Arlt, así lo escribo yo, carajo-, por supuesto, de jamón y ¿qué? Y queso, como no podía ser de otra manera.

Un medio día quise disfrutar de los gauchos, las chinitas y sus caballos desfilando. Saque mil fotos, aplaudí los trajes típicos, al paisaje haciendo juego, a los cerros y al día colorido, hasta que un gaucho sacó un blackberry arriba de su yegua, como si estuviese dentro del mercedes benz, y me cago el día. Años esperando el momento del desfile inaugural para ver eso: como la tecnología atrapa a los hombres y ahora también a los caballos.